Descubre los relatos ganadores de las pasadas ediciones

Los autores de estos relatos, mujeres y hombres de distintas edades y procedencias, están unidos por una misma ilusión: la pasión por la escritura como un medio para explicar su mundo interior. Se proponen estilos narrativos diferentes entre sí: la voz y la mirada original, íntima, personal de cada uno de los autores y autoras seleccionados. Disfruta de estos relatos de premio.

Sólo se encuentran los relatos publicados en nuestro libro, que abarca las tres primeras ediciones del Certamen (2019-2021).

Primer premio

El nicho - 2019

El nicho

Para Justo y Eulogia, por buenas personas.

"Decirle a alguien te amo equivale a decirle tú no morirás”

 

El suyo no había sido un amor urgente jamás, ni siquiera en sus comienzos, cuando esas mariposas cosquilleándole en el estómago le hacían plagiar, con voz de flauta travesera y mirada de cordero degollado, a Gabriel Marcel "Paula, decirle a alguien te quiero equivale a decirle tú no morirás. Y yo te quiero". Donde él quiso escribir pasión Paula leyó siempre cariño, y en el momento que ella deseó leer excitación Miguel llevaba años caligrafiando ternura, armonía, rutina, acomodamiento. Acaso fuera por eso que Miguel no derramara ni una sola lágrima más tras el funeral; sintió vergüenza de pensarlo incluso, pero lo cierto es que la sensación que invadió su casa, su mente y su cuerpo (en ese mismo y exacto orden) durante las primeras semanas de viudedad fue la de pérdida previsible, comparable al vacío que dejaba la extracción de una muela cariada desde antiguo o la amputación de un miembro, si bien esto último debía suponerlo. No hubo pared importante ni estanteria susceptible de albergar más adornos que se librara del arrebato que intentó sufrir Miguel para paliar, en la medida de lo posible, el remordimiento de conciencia que le causaba su escasa pena. Rescató de los álbumes las fotos que más justicia hacían a Paula y las colocó por toda la casa, incluyendo algún que otro inadecuado rincón como el hueco que había entre el toallero y el armarito del cuarto de baño. No surtió el efecto deseado, Miguel sólo siguió echando a faltar a su mujer cuando en mitad de la noche se daba la vuelta y encontraba las sábanas frías, cuando comenzaba a ver algún partido en la televisión y nadie se las ingeniaba para hacerse con el mando y aprovechar cualquier descuido para cambiar de cadena, cuando el nudo de la corbata se le resistía, cuando el periódico traía alguna noticia curiosa -de las que encantaban a Paula- y él la gritaba nada más regresar a casa esperando levantar expectación. Alguna vez llamó desde la oficina para avisar que llegaría un poco más tarde a comer preguntándose por qué le respondía la voz ortopédica del contestador automático si Paula no tenía costumbre de salir a comprar a esas horas; insistía una y otra vez hasta que caía en la cuenta de que hacía semanas que habían enterrado a su mujer. Lo que sus compañeros de trabajo tomaban por lógico trastorno producido por la muerte de alguien que lo había acompañado durante treinta y nueve años no eran más que simples despistes, despistes que luego se sucedían en el piso: "Paula, cielo, bajo un momento a tirar la basura…", "Cariño, tranquila, ya atiendo yo el teléfono...", voceaba alejándose por el pasillo.

 

Miguel asumió su papel de viudo correcto y se comportó tal y como a su mujer le habría gustado: se pertrechó de ropa luctuosa, canceló sus partidas de ajedrez en el casino, encargó en la parroquia de los franciscanos una misa mensual por el eterno descanso de Paula y se abstuvo de renovar el abono al canal televisivo de pago. Intuyó que quizás fuese excesivo adelantar su jubilación como señal de duelo, no obstante sí se atrevió a inaugurar sesiones de largos paseos hasta el cementerio que, pasado un tiempo prudencial, cambió por salidas crepusculares al Parque de los Mártires. También se planteó contratar por horas a la vecina para que se ocupase de mantener en orden la casa, con el doble propósito de poder descargarse él de tan ingrata ocupación y cumplir con el viejo precepto de la caridad hacia los menesterosos (expiación agradable a Dios que redundaría en beneficio del alma de su esposa, según recordaba de catequesis infantiles tridentinas), pues el marido de Blanca, la vecina, solía trabajar como visitante de la oficina de empleo sin retribución económica alguna y una pequeña ayuda no les vendría mal, máxime si se consideraba la existencia de un hijo impedido que consumía en medicación más que un sindicalista en fotocopias. Sin embargo, el hecho de su lozanía y de sus formas generosas desaconsejó tan noble intención para no dar pábulo a hablillas y se decidió por encargar a otra vecina, quien llevaba cumpliendo sesenta años desde hacía veinte, la búsqueda de asistenta adecuada. Le resultó imposible a Miguel inventar una excusa convincente con la que rechazar el decidido ofrecimiento de ella misma para semejante labor. "No se preocupe, don Miguel, como la casa es pequeña y una tiene ya mucho andado en esto de las limpiezas, me encargaré yo personalmente… Va a poder comer sopas en el suelo, se lo aseguro, y con esto no quiero decir que doña Paula, que Dios tenga en su gloria, no fuera una mujer de su casa y limpia, entiéndame…" Así que, a diario, la señora Luz hacía lo que su casi nonagenaria edad le permitía en cuestiones domésticas y se entretenía comentándole a Miguel más chismes del barrio de lo que éste estaba dispuesto a escuchar, con el agravante de que nunca quería aceptarle lo que habían convenido como sueldo, por lo que el viudo estimó que aquello no tendría valor expiatorio en el cómputo total de días purgados por su esposa. "Penitencia inútil”, no podía evitar bisbisear Miguel cuando su paciencia naufragaba. “Y que lo diga, don Miguel, penitencia inútil -coreaba la señora Luz con oído de tísica-, todo es penitencia inútil en este mundo empecatado." De vez en cuando se permitía el mezquino lujo de hacer oídos sordos a los timbrazos de la asistenta, por más que ello implicase tener que pasar todo el dia encerrado en el piso para que la anciana no detectase su engaño, o salır hacia la oficina de puntillas por el rellano para no alertarla. Por ésta y otras liturgias que la condición de viudo conllevaba su carácter, en cualquier caso propenso a ello, se fue tornando huidizo, cuando no huraño. Entonces cayó en la cuenta de que Paula, desde recién casados, se había tomado la molestia de mantenerle una vida social aceptable, y que sin ella no era capaz de rehacerla. Ni era capaz ni lo deseaba, ¿para qué tener que aguantar las charlas trinitarias de sus compañeros de trabajo (críticas a la Administración, mujeres y fútbol), las manías vitandas de sus contrincantes ajedrecísticos en el casino, las ominosas y necesariamente bicarbonatadas cenas de la Asociación de Antiguos Alumnos Salesianos, las insufribles asambleas vecinales, los cotilleos de la señora Luz. Hizo suyo el dicho de que cuanto más conocía a los hombres más amaba a su perro, sentencia muy del gusto de aquellos que habían sido mordidos a traición por la soledad, aunque careciesen de canes, como era el caso de Miguel. A raíz de pensamiento tan casual descubrió que a la señora Luz le sucedía lo que a su mujer, que detestaba a los perros y, por extensión en aquélla, a todo animal que parasitase al hombre sin contrapartida material visible. Habría que matizar que Paula padecía sólo de alergia al pelo de los perros y felinos, mientras que la enfermedad de la asistenta se ampliaba a odio extremo hacia todo bicho viviente que sirviese de animal de compañía. "Los pobres niños se mueren de hambre en esos países que están más allá del extranjero y nosotros aquí nos dedicamos a gastar el dinero en perritos y gatitos, ¿no ve usted, don Miguel, que eso debe ser pecado?”, intentaba persuadirle para que desechase la idea de adoptar a la gatita de la que el vecino impedido del piso contiguo tendría que deshacerse de inmediato por imperativo categórico de su madre: “Si come la gata no cenas tú, ¡leche!, así que decide, que no estamos como para tirar el dinero.” Miguel veía al al chiquillo pasar largos ratos en la terraza acariciando al animal y pensó que si se quedaba con él podría dejárselo por la terraza tantas veces como él quisiera, al tiempo que lograría que la señora Luz no lo visitase con tanta asiduidad. ( recordaba de sus tiempos de Enciclopedia Ilustrada Álvarez que eso respondía al nombre de mutualismo) Y así lo hizo. La asistenta no paraba de  rezongar: “Si era absolutamente necesario que se hiciese con una alimaña para no estar solo, ¿por qué no eligió peces, que no dejan los sillones perdidos de pelos?”.Con el tiempo capituló y espació sus visitas casi tanto como desde un principio había deseado Miguel, razón por la cual este cogió tan gran cariño a Pérez, qué tal era el nombre de la gata. “ ya sé que no es muy propio -explicó el joven vecino al entregárselo-, pero es el único gato que conozco con dientes de ratón”. Gracias a la gata creció entre Miguel y el chiquillo parapléjico una extraña relación que, si bien en lugar de disipar soledades las sumaba, servía como mutuo de desahogo, pues ambos se consolaban con su suerte comparándola con la del otro, Miguel por no tener que depender de una silla de ruedas y Kevin por no llevar tatuada en las arrugas del semblante una tristeza infinita. “No se arrime demasiado al crío, don Miguel -refunfuñaba a la señora Luz, ejerciendo de perfecta cotilla-, que en esa casa pasan cosas muy extrañas y a la gente enseguida le da por hablar… ¿Qué se podrá esperar de él quien le pone a su hijo el nombre de Kevin?”. Nadie tenía que descubrirle, ya que las anoréxicas paredes de la finca lo tenían al tanto de casi todo, las broncas que el marido organizaba con mucha frecuencia, sus ataques de celos, los insultos hacia Blanca (“¡ Golfa sinvergüenza, como te vea tonteando con el conserje de enfrente te rajo, ¿me oyes?”), y los de esta hacia el crío (“¡Inútil, siempre estorbando…!, ¿qué habré hecho yo para merecer esto?”) Kevin contaba a Miguel que cuando su padre trabajaba las cosas iban muy bien, que besaba mucho a su madre y su madre los besaba a los dos, pero de eso hacía mucho tiempo. “Será que es verdad que cuando la pobreza entra por la puerta el amor salta por la ventana”, se decía para sus adentros el viudo.

 

Fue para aquel tiempo, con la llegada de la primavera, cuando Miguel reanudó sus visitas al cementerio. La galería en la que estaba enterrada su mujer se orientaba hacia el poniente, por lo que en los días soleados resultaba altamente placentero sentarse en el pétreo banco de patas historiadas que había justo frente al nicho de Paula. Miguel se sorprendió de lo descuidada que se encontraba la lápida y del gesto adusto que mostraba la fotografía de su mujer. “Los muertos no envejecen”, pensó en voz alta comparando ese retrato con la cada vez más vencida imagen que el espejo le devolvía mañana tras mañana. Enseguida alejó ese pensamiento para buscar un culpable de la desidia que ostentaba la lápida. No era de recibo que una persona que tan pulcra había sido en vida tuviese que soportar la podredumbre de unas flores marchitas custodiando la fachada de su morada definitiva, una impertinente pátina de polvo sobre la leyenda en relieve que la identificaba (Paula Izquierdo Retamosa. 16/02/1940-14/08/2000. Tu marido y tu hermana no te olvidan. Descansa en paz) y unas insultantes cagadas de gorriones que a modo de estalactitas pendían de los bordes de la lápida. Como el razonamiento lo condujo a su propia culpabilidad intentó excusarse. “Tanta faena en casa, en la oficina, tantos asuntos en la cabeza que al final uno se olvida de lo principal. Pero no te preocupes, Paula, que mañana mismo me traigo los trastos de matar y te dejo esto hecho una patena”. Sin ser consciente de ello se enredó en un soliloquio dirigido a su mujer. “Ya sé que tu hermana no va a coger el avión desde Mallorca para tenerte la lápida en condiciones, que si no ha sido capaz de detalles menos costosos tampoco se le van a pedir peras al olmo, y no lo digo por meterme con ella ni porque tenga ganas de discutir, cariño, pero hay cosas que claman al cielo… En fin, que me he despistado y punto… ¿Lo ves? Ésta es otra de las desventajas de ser huérfanos de hijos, que no hay quien te llame la atención si te falta la pareja. Pero no te preocupes, que te conozco y seguro que ahora empiezas a darle vueltas a lo que te he dicho y piensas que tengo la casa hecha un desastre y una pila ingobernable de papeles en la mesa del despacho. Que no, que la señora Luz va de vez en cuando a limpiar y a cocinarme algo…”  Miguel se entretuvo hablando y hablando hasta que comenzó a atardecer; aún podría haber apurado algo más de tiempo porque se sentía muy a gusto y quedaba muchos temas que comentar, pero el estado en el que se encontró la lápida de Paula le hizo caer en la cuenta de que la de su madre no le andaría a la zaga. Llevaría más de dos años sin visitarla y le urgía comprobar hasta donde había actuado su incuria. “Una madre es para cien hijos y cien hijos no son para una madre”, repetía ella hasta la saciedad y -a las pruebas se remitía Miguel- no en mano. Evitó mencionar esta circunstancia en su monólogo porque madre y esposa habían sido las caras irreconciliables de una misma moneda que lo tenía a él por portador vitalicio.

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